DIOS ME HA HECHO REIR

Las dos risas de Sara

“Entonces dijo Sara: Dios me ha hecho reír, y cualquiera que lo oyere, se reirá conmigo”

Génesis 21:6

La vida de Sara registra al menos dos “risas” que nos entregan una muy buena enseñanza.  La primera risa ocurre cuando Sara escucha la promesa de Dios que le anunciaba su futuro alumbramiento de un hijo en su vejez. Sin duda que aquella promesa de Dios provocó en ella una risa de incredulidad. La segunda risa se produjo cuando Sara ve cumplida la promesa de Dios en su vida. Ya no era una risa suspicaz de incredulidad, sino que de profundo gozo.

Quizás cada uno de nosotros ha experimentado en medio de alguna eventual desazón o desesperanza, las mismas dos risas de Sara.  Una de incredulidad, y la otra de gozo al ver la mano poderosa y fiel de Dios; quien siempre cumple todas sus promesas conforme a sus propósitos soberanos.

Creyendo en esperanza contra esperanza…

No olvidemos que, tanto Abraham como Sara ya eran viejos, y en el caso particular de Sara, además era estéril (génesis 11:30). Para los pueblos semitas, la esterilidad significaba maldición, y se entendía como que si Dios no amaba a aquella mujer que no podía concebir. En otras palabras, Sara cargaba el peso de no poder dar un hijo a su marido, pero, además, la carga social de ser considerada desdichada o desventurada.

 El apóstol Pablo cuando presenta el asunto de fe que justifica al impío, en relación con la vida de Abraham, deja ver aquella gran lucha del creyente entre esperar el cumplimiento de la promesa de Dios haciendo frente a la “contra esperanza”, y la incredulidad inherente a todo ser humano. Pablo dice:

“El creyó en esperanza contra esperanza, para llegar a ser padre de muchas gentes, conforme a lo que se le había dicho: Así será tu descendencia. Y no se debilitó en la fe al considerar su cuerpo, que estaba ya como muerto (siendo de casi cien años), o la esterilidad de la matriz de Sara” Romanos 4: 18-19

 Lo maravilloso del texto, es que afirma que la fe de Abraham no se debilitó al ver sus propias limitaciones y las de su esposa Sara. Él le creyó a Dios; un gran ejemplo para nosotros, que también le creamos a Dios. Abraham “le creyó a Dios”. Hay una gran diferencia en decir: “creo < en > Dios”, a decir: “le creo < a > Dios”. Una pequeña preposición establece una gran diferencia. No olvidemos que los demonios creen y tiemblan (Santiago 2:19).

Sin embargo, Abraham también luchó con su propia incredulidad, su razón y su lógica. Para ser justos, no solo Sara se rió en medio de su propia incredulidad, sino que el mismo Abraham también lo hizo:

“Entonces Abraham se postró sobre su rostro, y se rió, y dijo en su corazón: ¿A hombre de cien años ha de nacer hijo? ¿Y Sara, ya de noventa años, ha de concebir?” Génesis 17:17

En medio de la promesa hecha por Dios a Abraham, de que este sería Padre de muchedumbres, la risa que brota de sus labios, rebela la inclinación inherente a la incredulidad de todo hombre que pisa este planeta.

La razón v/s la fiel promesa de Dios era la pugna que Abraham tenía en su cabeza. Y es la misma que cada uno de nosotros enfrenta día a día. Vivimos entre “creerle a Dios” o confiar en nuestras propias fuerzas, lógicas y razonamientos; entre someternos al fiel Soberano que siempre cumple sus promesas, o a envanecernos en nuestros razonamientos que nos llevan a nuestro propio fracaso. Sin duda que Abraham era un escogido y siervo de Dios, pero qué duda cabe que él no era un hombre perfecto, y era tan falible y débil como cualquiera de nosotros.

La primera risa de Sara

 “Y Abraham y Sara eran viejos, de edad avanzada; y a Sara le había cesado ya la costumbre de las mujeres. Se rió, pues, Sara entre sí, diciendo: ¿Después que he envejecido tendré deleite, siendo también mi señor ya viejo?” Génesis 18:11-12

 La primera risa de Sara revela su profunda incredulidad a lo que Dios le estaba prometiendo. Ella estaba en aquella batalla que cada creyente tiene entre la razón y la fe. El pecado que moraba en Sara, le llevaba a poner en duda la omnipotencia y la fidelidad de Dios, quien en su soberanía siempre hace lo que quiere, cumple todas sus promesas, y no necesita de nuestra capacidad o aptitud para llevar a cabo sus propósitos soberanos.

Por supuesto que tanto Sara como Abraham tenían esta constante lucha entre “creerle a Dios” o ser guiados por su propia razón, lógica y recursos propios. La verdad es que, por la razón, ellos no tenían posibilidades de ser padres a esa edad. Pero Dios les había prometido ser padres, y Dios siempre cumple sus promesas; claro que lo hace a su tiempo, y no cuando nosotros lo queramos.

La primera risa de Sara revela que el pecado siempre nos lleva a perder la fe; aquella certeza de esperanza y convicción de lo invisible. Los seres humanos, por mas creyentes que sean, siempre son vulnerables a lo que se ve, se oye o se palpa. Pero la biblia dice que la fe es certeza de esperanza y convicción de lo que no se ve (hebreos 11:1). Esa dramática condición de incredulidad que aún llevamos todos los creyentes nos inclina de modo insolente, a poner en duda las promesas de Dios, y cuestionar su poder que sobrepasa todo entendimiento. Nunca olvidemos que Abraham y Sara ya habían cometido un tremendo desacierto debido a su incredulidad y al replanteamiento de la promesa de Dios.

La primera risa de Sara incluye además la continua mofa ante “lo irracional” que significa pensar en las promesas de Dios. El hombre incrédulo se burla, se ríe y escarnece a los creyentes que andan conforme a aquella certeza de esperanza sustentada en aquel que prometió. La incredulidad produce risa. Por ejemplo, la risa de incredulidad de los yernos de Lot (génesis 19:14), aquellos incrédulos que se burlaban de Eliseo (2º Reyes 2:23), la gente que se reía de Jesús cuando sanó a la hija de Jairo (Lucas 8:53), o las mofas y el escarnio que le hacían al Señor aquellos infames soldados romanos, son algunas evidencias de la risa de incredulidad que brota del corazón humano. No olvidemos que hasta los discípulos no creían que Jesús había resucitado.  El propio Pablo vivió la burla de aquellos intelectuales griegos cuando oyeron el evangelio de nuestro Señor Jesucristo (hechos 17:32). Para el corazón natural, la verdad de Dios es una locura (1ª corintios 2:14). Es motivo de risa y escarnio. Lo patético es ver “creyentes” que se ríen de Dios, como que si sus promesas no fueran a cumplirse. Para ellos, las promesas de Dios son tan “irracionales” que han tenido que reinterpretarlas para aplacar sus propias risas de incredulidad.

La segunda risa de Sara

“Entonces dijo Sara: Dios me ha hecho reír, y cualquiera que lo oyere, se reirá conmigo”

Génesis 21:6

Es realmente notable distinguir en este pasaje, que ya no era Sara quien, de su propia voluntad pecaminosa, se reía de la irracional promesa de Dios, sino que ahora era “Dios quien le había hecho reír”. ¿Nota la diferencia? Dios había producido en ella aquella risa, ya no de incredulidad, sino que de gran gozo al ver la promesa cumplida. Es más, ella añadió:

 “¿Quién dijera a Abraham que Sara habría de dar de mamar a hijos? Pues le he dado un hijo en su vejez” Génesis 21:7

Este texto nos permite imaginar con que gozo esta mujer tomaba en su brazos a su pequeño y lo amamantaba alabando y dando gracias al Dios todo poderoso, que fielmente cumplió su promesa en ella, haciéndola reír.

La segunda risa de Sara nos ilustra el corazón regenerado de los hijos de Dios, quienes creen en sus promesas, y desde ya, frecuentemente irrumpen en gozo y alegría al ver cuan grandes cosas les esperan en el futuro inminente. Es esa risa inefable que desecha lo irracional, y lo transforma en realidad. Es la risa que reemplaza la locura de incredulidad por una gloriosa cordura que el mundo no puede entender. Es aquella risa que anula por completo el tiempo de amargura, aflicción de espíritu y de “muerte, llanto, clamor y dolor” propio en este mundo (apocalipsis 21: 4)

Ciertamente con la lectura del texto, parece estar viendo a Sara con la risa de gozo al tener en su seno a su pequeño, cuyo nombre era Isaac que en hebreo significa precisamente “risa”. El hijo de la promesa ha hecho reír a un matrimonio que se transformaría en la simiente de redención, desde donde miles de años más tarde vino Cristo, quien, sin duda, nos ha hecho reír a cada un de los creyentes, y cuanto más, nos reiremos con Él en la gloria.

Creo que un salmo que resume el gozo en la esperanza de Israel, y que se transforma también en el aliento para la iglesia, es este:

“Cuando Jehová hiciere volver la cautividad de Sion, Seremos como los que sueñan.  Entonces nuestra boca se llenará de risa, Y nuestra lengua de alabanza; Entonces dirán entre las naciones: Grandes cosas ha hecho Jehová con éstos. Grandes cosas ha hecho Jehová con nosotros; Estaremos alegres. Haz volver nuestra cautividad, oh, Jehová, Como los arroyos del Neguev. Los que sembraron con lágrimas, con regocijo segarán. Irá andando y llorando el que lleva la preciosa semilla; Mas volverá a venir con regocijo, trayendo sus gavillas” Salmos 126:1-6

Qué duda cabe que en el programa que Dios tiene para con el pueblo gentil miembro de la iglesia de Cristo, la “risa de gozo” está implícita en nuestra bendita esperanza. Los apóstoles dejaron un legado en cuanto a vivir en la inminencia del pronto regreso del Señor Jesucristo:

En lo cual vosotros os alegráis, aunque ahora por un poco de tiempo, si es necesario, tengáis que ser afligidos en diversas pruebas, para que sometida a prueba vuestra fe, mucho más preciosa que el oro, el cual, aunque perecedero se prueba con fuego, sea hallada en alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristo, a quien amáis sin haberle visto, en quien, creyendo, aunque ahora no lo veáis, os alegráis con gozo inefable y glorioso” 1ª Pedro 1: 6-8

“…cualquiera que lo oyere, se reirá conmigo…”

La risa de Sara, también se proyecta como una fuerte certeza y convicción para compartirla con todas las personas que tengan el privilegio de creerle a Dios. Ciertamente, todo a aquel que le cree a Dios se reirá con aquellos que ya le han creído a Él. Es importante recordar la profunda doctrina que está implícitas en esta frase. Primeramente, dice: “cualquiera que lo oyere”. Esto fue dicho ante el milagro que Dios había producido en la estéril matriz de Sara.

Todo aquel que oye a Dios mediante su Palabra escrita, y le cree a Él, experimentará por la fe, aquella risa de gozo, y se reirá con todos aquellos que ya previamente han oído y creído al santo evangelio de nuestro Señor Jesucristo. Es que el evangelio de Jesucristo siempre es motivo de gozo y alegría. El oír o leer que Cristo Jesús vino al mundo a salvar a los pecadores (1ª Timoteo 1:15), es el mayor gozo y alegría que produce en el corazón del creyente. El saber que todos nuestros pecados han sido perdonados, y que aún más; el tener una herencia gloriosa reservada en el cielo para nosotros, realmente es un cumulo de bendiciones que nos hace reír. Es la risa indescriptible de gozo al tener la complacencia de tener algo ya adquirido, y de esperar con ansias lo que nos depara en el futuro glorioso.

Parafraseando la frase de la jubilosa Sara: ¿“quien dijera” que viles pecadores como tú y como yo, ahora han pasado de muerte a vida, han sido hechos hijos de Dios y coherederos con Cristo de la herencia incorruptible de gloria? Por supuesto que esto nos llena de risa. Ciertamente Dios nos ha hecho reír, y todo el que lo oyere, se reirá con nosotros.

Amén. Maranata.

PEL 08/2023


1 comentario

Nelsa Cruz · 2 de septiembre de 2023 a las 13:49

Gloria a Dios que nos ha hecho reír de felicidad de q siendo pecadora me encontró y me salvó x su Gracia y ahora soy su hija para siempre😄.¡Aleluya!Gracias hno por tan hermosa enseñanza y reflección.Maranatha 🇺🇾

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