El entendimiento para salvación

El entendimiento para salvación

“Mas el que fue sembrado en buena tierra, éste es el que oye y entiende la palabra, y da fruto…” Mateo 13:23

La parábola del sembrador es considerada como la madre de las parábolas. En primer lugar, porque presenta el orden correcto en la secuencia para la salvación, la cual nunca proviene del hombre hacia Dios, sino que de Dios hacia el hombre. El salmista dice que la salvación viene de Dios (salmos 3:8, 37:39). En la parábola del sembrador Dios es mostrado como aquel “sembrador que salió a sembrar”. De modo que el sembrador es Dios, y la semilla es la palabra que da vida y fructifica. En segundo lugar, porque a partir de esta parábola viene la pregunta de sus discípulos que dice: ¿Por qué les hablas por parábolas? (versículo 10), cuya respuesta del Señor fue: “Porque a vosotros os es dado saber los misterios del reino de los cielos; más a ellos no les es dado” (versículo 11)

Las parábolas son narraciones que “encriptan” una enseñanza entregada en una figura comparativa. Es decir, es como un lenguaje codificado, y que, para decodificarlo, se necesita el entendimiento que solo lo da El Espíritu Santo. Esto no es un asunto de intelecto meramente humano, sino que de la revelación de Dios que obra a través de su Santo Espíritu. Cristo dijo: “Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y de los entendidos, y las revelaste a los niños” (Mateo 11:25). Es interesante ver que la palabra que Cristo utiliza para decir: “escondiste” proviene del vocablo griego “krypto” que significa “ocultar”, y que es de donde deriva la palabra “encriptar”; de modo que hablar de “encriptación” u “ocultar” es precisamente lo que ocurre en las parábolas. El Señor Jesucristo fue aquel que entregó un mensaje que no todos podían entender, salvo aquellos a quienes El Señor les abría el entendimiento. La biblia dice:

“Y les dijo: Estas son las palabras que os hablé, estando aún con vosotros: que era necesario que se cumpliese todo lo que está escrito de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos.  Entonces les abrió el entendimiento, para que comprendiesen las Escrituras” (Lucas 24: 44-45)

Este pasaje nos certifica que los discípulos hasta ese instante no entendían el mensaje del evangelio, por tal razón, era imprescindible que El Señor les abriera el entendimiento. La verdad es que los discípulos no podían entender (Lucas 18: 34). Como lo agrega el evangelio de Lucas que dice:

“Mas ellos no entendían estas palabras, pues les estaban veladas para que no las entendiesen…” (Lucas 8: 45)

Quien oculta (vela) o revela la verdad es El Soberano de Dios quien siempre hace lo que quiere; Cristo dijo: “Sí, Padre, porque así te agradó” (Mateo 11: 26). Job expresa en su confesión que él hablaba lo que no entendía (Job 42: 3); El salmista decía: “Cuán grandes son tus obras, oh, Jehová! Muy profundos son tus pensamientos. El hombre necio no sabe, Y el insensato no entiende esto” (Salmos 92: 5-6) y agrega: “La exposición de tus palabras alumbra; Hace entender a los simples” (Salmos 119:130); Por su parte Daniel dice: “…los impíos procederán impíamente, y ninguno de los impíos entenderá, pero los entendidos comprenderán” (Daniel 12: 10) La biblia agrega: “en una o en dos maneras habla Dios; Pero el hombre no entiende” (Job 33:14)

El evangelio y todo lo relacionado con el reino de Dios, es un verdadero mensaje encriptado que necesita debidamente el entendimiento que solo lo suministra Dios a través de la obra de la conversión en Cristo Jesús.

En la parábola, leemos que el sembrador salió a sembrar. En la práctica, el sembrador llevaba semillas en un delantal atado a su cintura, y con su mano las esparcía. Imaginándonos esta escena, es difícil creer que aquel sembrador esparcía la semilla en cualquier parte, porque él sabía muy bien que el lugar adecuado para recibir la semilla que más tarde fructificaría, solo era la “buena tierra” debidamente trabajada y preparada de antemano. Sin embargo, la parábola dice que parte de la semilla cayó junto al camino, en pedregales y espinos (Mateo 13: 4-7), lugares en donde la semilla no fructificó, y que representa a todos aquellos que oyen la palabra, pero no la entienden.

Luego aparece la importante conjunción adversativa “pero”, que apunta al único destino donde la semilla sí daría fruto, y este es “la buena tierra”.  El texto dice: Pero parte cayó en buena tierra, y dio fruto…” (Mateo 13:8). Ese “pero” es la adversativa que resalta a Dios frente a la incapacidad humana de dar fruto por sí mismo. Es el “pero” de Dios, que dice que a pesar de que el hombre es malvado desde el vientre de su madre, Dios lo salva solo por gracia. Ese es el mismo “pero” que aparece en génesis 6:8 donde dice: Pero Noé halló gracia ante los ojos de Jehová”. En otras palabras, a pesar de que allí el pasaje dice que los hombres eran malvados en esencia por causa del pecado, no obstante, Noe halló gracia. Y si halló gracia, es porque Noe tampoco merecía ser salvado. Es como dice Pablo: “Y si por gracia, ya no es por obras; de otra manera la gracia ya no es gracia. Y si por obras, ya no es gracia; de otra manera la obra ya no es obra” (Romanos 11:6)

A propósito de la generación de Noe, Cristo dijo que aquellos “no entendieron”, por lo tanto, todos aquellos fueron condenados. La biblia dice: “Porque como en los días antes del diluvio estaban comiendo y bebiendo, casándose y dando en casamiento, hasta el día en que Noé entró en el arca, y no entendieron hasta que vino el diluvio y se los llevó a todos, así será también la venida del Hijo del Hombre” (Mateo 24:38-39)

La parábola del sembrador tiene la interpretación que el propio Señor entregó, y que está citada en el texto que encabeza esta reflexión, y que versa así: “Mas el que fue sembrado en buena tierra, éste es el que oye y entiende la palabra, y da fruto” (Mateo 13:23)

Este texto es muy revelador. Porque no basta tan solo con oír, sino que además con “entender” la palabra. Nos preguntamos ¿Cuántos “creyentes” nominales (no regenerados) oyen la palabra y no la entienden? ¿Cuántos ahora mismo no entienden el evangelio, y tan solo lo han reducido a un aspecto religioso exclusivamente moral y de vida cívica? Esto es muy serio. La biblia enseña que el hombre natural (no regenerado) no puede entender el evangelio. Pablo dice:

“Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente” (1ª Corintios 2: 14)

Esto explica porque existen las religiones llamadas cristianas, pero que están absolutamente apartadas del verdadero evangelio de Cristo, y que no pueden entender ni discernir los alcances de la persona y obra del Hijo de Dios. Y no lo digo desde la tribuna de un juez soberbio o desde la actitud presumida o sectaria, sino que desde la misma escritura que resume la obra de Cristo cuando dice en boca del apóstol Pablo: “Palabra fiel y digna de ser recibida por todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores” (1ª Timoteo 1:15)

Algunos que no entienden el evangelio, rebajan al Salvador solo a un rol de “mentor y buen ejemplo”, al cual debemos imitar para ser salvados, de modo que, si somos fieles imitadores de él, nuestra obra nos salvaría. Otros, enseñan que el evangelio es caridad y sacra mentalismo, por lo tanto, nuestras buenas obras y el cumplimientos de supuestos sacramentos nos daría meritoriamente la entrada al cielo. Otros presentan a un “salvador incompetente” que salva condicionalmente y que esa salvación no rebosa de seguridad, ni es consumada en la cruz.

Una vez pregunté a una persona que llevaba años asistiendo fielmente a una iglesia llamada cristiana: “¿Usted es salvo?”, y la respuesta fue: “depende de cómo viva, de aquí hasta que muera… si vivo en obediencia y buenas obras, seré salvo”. Lo mismo le pregunté a un católico romano fielmente observante de su religión, y también a un anciano de los testigos de Jehová. Ambos respondieron lo mismo: “la salvación depende de las obras de cada individuo”. Evidentemente ellos no disciernen ni entienden el evangelio, aun definiéndose a sí mismos como “cristianos”. Esto es tan similar como aquel que habla de un remedio y de sus propiedades curativas, pero que nunca lo ha tomado, porque a sí mismo se dice que no necesita tal remedio. Con justa razón Cristo dijo: “Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos” (Mateo 9:12). Pero para reconocerse enfermo y tener la necesidad imperiosa de acudir al médico, primeramente, hay que entender el evangelio.

Un verdadero hijo de Dios no descansa en méritos ni obras, sino que, ante la misma pregunta, con plena certidumbre de fe dirá con seguridad y sin titubear: “sí, yo soy salvo porque Cristo me salvó…porque él murió por mí en la cruz del Gólgota…porque el consumó mi eternal salvación…porque yo no soy capaz de salvarme a mí mismo, y nunca lo sería…porque él sufrió el castigo de mi paz…porque El Señor Jesucristo murió en la cruz para perdón de mis pecados y resucitó al tercer día para mi justificación”. Esta sería la confesión de un individuo que ha sido convertido y regenerado por el poder de Dios, y que entiende el evangelio.

El hombre natural no entiende el evangelio

Las palabras de Pablo son tan categóricas, que nos permiten afirmar con plena seguridad que el individuo no regenerado (aunque sea creyente nominal) no puede entender el evangelio porque para el tal, esta velado. Y ante eso se suma además la obra insistente del maligno que agrega tinieblas tras tinieblas para que la luz del evangelio no resplandezca. Pablo dice:

“Pero si nuestro evangelio está aún encubierto, entre los que se pierden está encubierto; en los cuales el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios” (2ª corintios 4: 3-4)

Este es otro pasaje muy revelador. Pablo señala que el evangelio esta “encubierto” o velado (como le dice otra versión bíblica) entre los que se pierden o incrédulos. Y agrega la obra del “dios de este siglo”, que no podría ser otro que el mismísimo satanás que cegó el entendimiento de los incrédulos, cuyo origen de esta tragedia se remonta a la caída del hombre descrita en el libro de génesis; y es curioso, porque allí se habla de que los ojos de Adán y Eva fueron abiertos (génesis 3: 7), pero, sin embargo, fueron cegados los ojos espirituales y su necio corazón fue entenebrecido. La biblia dice:

“No hay justo, ni aun uno; No hay quien entienda. No hay quien busque a Dios” (romanos 3: 10-11)

En este pasaje vemos la triste realidad del hombre natural sin Dios, que no puede hacer nada bueno, no puede entender el misterio del evangelio, ni puede buscar a Dios. Es decir, el inconverso o también un cristiano nominal, esta caído en su moral, en su intelecto y en su voluntad. En consecuencia, se hace más evidente la imperiosa necesidad de que Dios abra el entendimiento para salvación, de lo contrario, el individuo seguirá en oscuridad, aún viviendo una vida ordenada y de senda limpia.

La biblia dice: “Entonces una mujer llamada Lidia, vendedora de púrpura, de la ciudad de Tiatira, que adoraba a Dios, estaba oyendo; y el Señor abrió el corazón de ella para que estuviese atenta a lo que Pablo decía” (hechos 16:14)

Ese episodio además señala que había varias mujeres escuchando a Pablo (versículo 13). Ellas eran mujeres piadosas, lo que no significa que eran convertidas a Cristo. La condición de estas mujeres era tan igual como a la del maestro Nicodemo o del centurión Cornelio, cuyas vidas morales eran intachables ante los hombres, pero para con Dios, necesitaban nacer de nuevo y entender el evangelio.

Como lo señala el pasaje, el Dios soberano solo abrió el corazón de una mujer llamada Lidia, la cual creyó al evangelio de Jesucristo. La frase “abrió el corazón” se refiere a abrir el entendimiento, abrir los oídos y los ojos espirituales de ella. Elías decía: “…tú, oh, Jehová, eres el Dios, y que tú vuelves a ti el corazón de ellos” (1º reyes 18:37). La biblia enseña que para que un individuo pueda entender el evangelio debe tener “intervenido” el corazón. Es una “cirugía” mayor y que la hace el Soberano “cirujano” (Ezequiel 36:26). Y es eso lo que precisamente ocurrió con esta mujer vendedora de púrpura, que pasó de la vida religiosa a una nueva vida en Cristo entendiendo el evangelio para salvación.

Amados hermanos, damos muchas gracias al Señor porque él soberanamente nos abrió el entendimiento para salvación. Fue aquel día en que El Espíritu Santo nos persuadió de pecado y de la necesidad de un Salvador potente que nos pudiera redimir. Fue el día en que las sombras de la religión se disiparon, el velo cayó y se descifró el misterio oculto desde los siglos. Fue el día en que Jesucristo dejó de ser un salvador universal, para transformarse en el Salvador personal.

Que la gracia de nuestro Señor y Salvador Jesucristo nos ayude para seguir creciendo en su sabiduría y en las profundidades de su conocimiento. Que así sea, Amén.

PEL 02/2026

El entendimiento para salvación

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