
Acerquémonos confiadamente al trono de la gracia
“Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro” hebreos 4:16
La epístola a los hebreos presenta la superioridad del Hijo de Dios ante todo lo que para los judíos era el único y exclusivo camino para su redención. Los primeros capítulos enseñan que, en el último tiempo, El Padre se revela por el Hijo, y que este es superior a los ángeles, a Moisés, a Aarón y a Josué, y que su sumo sacerdocio y obra de salvación es infinitamente perfecta, y fuera de él, no hay escapatoria. De ahí que el desconocido autor dice: “¿cómo escaparemos nosotros, si descuidamos una salvación tan grande” hebreos 2: 3, texto, que por lo demás, ha sido muy mal utilizado por aquellos que insisten en decir que la salvación se podría perder si alguien la descuida.
El texto y contexto, no indica ineficacia o condicionalidad de la salvación lograda exclusivamente por Cristo, sino que el pasaje señala que no hay escapatoria si menospreciamos o subestimamos (o descuidamos) la salvación en Cristo. En otras palabras, quien no descansa su redención en Cristo, no tiene salida posible de la condenación.
El conflicto de la comunidad hebrea a quienes esta dirigida la epístola, era que algunos (o quizás muchos) de aquellos miembros seguían insistiendo que la redención no podía ser eficaz solo en la obra de Cristo en la cruz, sino que se debía mantener el rito y el culto judío; observando la ley y a Moisés, y todas sus demandas para lograr la salvación mediante esfuerzos, méritos, sacramentos y obras humanas. Ellos no aceptaban descansar en la obra todo suficiente del potente Salvador llamado Jesucristo. Ese era el problema raíz.
Por tal razón, el velo de la ley y sus demandas que condicionaban su relación con el Dios Santo les impedía llegar a él confiadamente, porque para ellos, la mácula del pecado no podía ser expiada sino a través del continuo sacrificio del culto judío. Ellos no podían entender como El Dios santo e implacable que se revela en el antiguo testamento, podía aceptar a un miserable pecador sin sacrificios de animales y sin la obra de un sumo sacerdote que una vez al año intercedía por el pueblo. Era inverosímil sostener una salvación sin Moisés como mediador, sin el rito de la ley, las ofrendas o la observancia de las fiestas solemnes. Hacia esa comunidad se dirige esta epístola.
Pero en Cristo, la ley muestra su ineficacia para salvar, tal como lo dice Pablo: “Porque lo que era imposible para la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne” romanos 8:3. La obra de Cristo es todo suficiente para salvar al mas vil pecador. Y esa obra, nos debe dar la confianza para acercarnos sin temor a él y al trono de su gracia.
La religión y el temor
La biblia revela al menos dos clases que describen la palabra “temor”. Aquel que habla de miedo, terror o pavor, y el que muestra el concepto de temor reverente. Por ejemplo, cuando Dios le dice a Abram: “No temas” en génesis 15:1, allí evidentemente se muestra que Abram estaba lleno de miedo y de incertidumbre, entonces Dios le anima y le confirma incondicionalmente su promesa. Pero cuando nos encontramos con este otro texto que dice: “El principio de la sabiduría es el temor de Jehová” en proverbios 1:7, allí se habla de temor reverente hacia el Dios todopoderoso, y de ninguna manera de pavor, miedo o pánico. Es decir, existe una gran diferencia entre las definiciones de la misma palabra “temor”.
Sin embargo, todas las religiones, incluyendo al judaísmo, católicos y algunos evangélicos protestantes, siguen en la sombra del miedo ante un Dios lejano, tirano y severo que solo se enternece a cambio de obras, mandas o autoflagelaciones. Es la esencia del paganismo que exige el “pago” para ser salvos. Es la antigua santidad acética y simonía con la que los feligreses pretenden conmover a sus dioses. De este modo, la redención no reposa en un redentor, sino que, en los esfuerzos humanos y el cumplimiento irrestricto de obras para lograr la salvación, sin ninguna seguridad ni certeza.
El temor que enseña la religión manipula las conciencias de las feligresías y las deja indefensas ante los caprichos de aquellos líderes abusadores que subyugan, exigen y castigan. El temor es el método eficaz para la manipulación de las masas. Sin embargo, no es menos cierto que un individuo que no esta en Cristo, y que no ha sido redimido de sus pecados por gracia por medio de la fe, el tal esta expuesto a la ira de Dios y al castigo eterno en las llamas del infierno. Esa es la verdad y una realidad indiscutible. Ahora mismo, si alguien muere sin Cristo, el tal esta en el infierno esperando el juicio final.
El problema es para quienes dicen que son cristianos, y que cuyos pecados les han sido perdonados, no obstante, siguen viviendo a la sombra del temor y la desconfianza en la obra de Cristo en la cruz. Estar en Cristo, no solo significa perdón de pecados, sino que además justificación, es decir, declarados justos o inocentes de una vez y para siempre. Esa realidad disipa el temor. Pablo dice:
“Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo” romanos 5:1
No hay algo mas maravilloso para una persona que estar en paz para con Dios. En otras palabras, disfrutar del sosiego y la tranquilidad de estar a cuenta con aquel Dios implacable del antiguo testamento, es lo mas grande que a los creyentes nos ha sucedido. Y todo esto, gracias a la obra de Cristo. El amor de Dios extendido en Cristo a viles pecadores disipa el temor. Como dijo Juan, Dios es amor, y el perfecto amor echa fuera el temor (1ª Juan 4: 7-19)
Dios se ha acercado primero
No debemos olvidar que el carácter Santo de Dios manifestado en su implacable ley, nos alejaba de Él, y no era posible acercarse por lo extremos de su santidad. Recordemos cuando El Señor le dijo a Moisés: “No te acerques; quita tu calzado de tus pies, porque el lugar en que tú estás, tierra santa es” éxodo 3:5. La relación de Dios e Israel estaba muy limitada. No olvidemos que ese pacto era condicional y se sostenía en la ley. El pueblo no podía acercarse más allá de lo que se le permitía. El Señor advertía a Moisés a respetar los necesarios linderos que no se podían transgredir. La biblia dice: “Y señalarás término al pueblo en derredor, diciendo: Guardaos, no subáis al monte, ni toquéis sus límites; cualquiera que tocare el monte, de seguro morirá… ordena al pueblo que no traspase los límites para ver a Jehová, porque caerá multitud de ellos” éxodo 19: 12 y 21. “Pero Moisés solo se acercará a Jehová; y ellos no se acerquen, ni suba el pueblo con él” éxodo 24:1-2
Vemos en el antiguo testamento que no existía posibilidad alguna de acercarse confiadamente a un Dios implacable y santo. Por tal razón, la escritura señala que ante la manifestación de la gloria de Dios para con el pueblo, existía mucho terror al ver y escuchar en esa escena entre una nube espesa, los truenos y los relámpagos, que los estremecía y los apartaba lejos. La verdad es que, si Dios no se acerca primero al hombre, no existía posibilidad alguna de que nosotros nos acerquemos a Él confiadamente.
Pero la biblia enseña que siempre la acción proviene de Dios hacia el hombre y nunca al revés. Dios fue quien buscó al hombre caído en pecado (génesis 3: 9), y que nosotros le amamos a él, porque Él nos amó primero (1ª Juan 4:19). El propio Señor dijo que el “reino de los cielos se ha acercado” (Mateo 4:17). Sin el acercamiento de Dios hacia nosotros como iniciativa, nosotros no podríamos acercarnos confiadamente a Él.
David decía: “¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, Y el hijo del hombre, ¿para que lo visites?” Salmos 8: 4. En este pasaje observamos la palabra “visitar”, que denota la idea de acercarse al débil pecador. El texto inicia con una declaración que pone al hombre en su lugar. ¿Quiénes somos para que Dios tenga memoria de nosotros? Es interesante meditar en lo que significa la memoria de Dios. Él se acordó de nosotros, sin embargo, se olvidó por completo de nuestros pecados. La biblia dice:
“Y nunca más me acordaré de sus pecados y de sus iniquidades” hebreos 8: 12
Por un lado, vemos a un Dios severo e implacable que no olvida el pecado, pero, por otro lado, vemos a un Dios amoroso y lleno de gracia que tiene memoria de nosotros para olvidar todos nuestros pecados y transgresiones. Es notable observar cuando el ladrón de la cruz le dijo al Señor: “Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino” Lucas 23:42, e inmediatamente Cristo le responde con plena seguridad y certeza: “De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso” Lucas 23: 43. Dios “tiene memoria y se acuerda” para salvación, aun del ladrón de la cruz que minutos antes le injuriaba (Mateo 27:44). Pero ¿Qué hace cambiar el carácter de Dios; ¿de una arista tan implacable y furibunda, a un lado profundamente clemente, lleno de gracia y de misericordia? La respuesta radica en la persona del Hijo de Dios llamado Jesucristo, porque sin Él, no hay ninguna posibilidad de redención. Por eso nos preguntamos: ¿Quiénes somos para que Él haya tenido memoria de nosotros?, y aún más, ¿Quiénes somos para que él nos visite?
La biblia utiliza varias veces la palabra “visitar” como muestra de la benevolencia de Dios para con el hombre pecador que no puede salvarse a sí mismo. Por ejemplo, vemos que Dios visitó a Sara para cumplir su promesa de simiente de redención (génesis 21:1). Visitó a su pueblo para alimentarles (Rut 1:6). David decía: “Acuérdate de mí, oh, Jehová, según tu benevolencia para con tu pueblo; Visítame con tu salvación” (Salmos 106:4). Zacarías, el padre de Juan el bautista dijo: “Bendito el Señor Dios de Israel, Que ha visitado y redimido a su pueblo” (Lucas 1:68). También quienes vieron la resurrección del hijo de la viuda de Naín glorificaron a Dios diciendo: “Un gran profeta se ha levantado entre nosotros; y: Dios ha visitado a su pueblo” Lucas 7: 16. En este texto además es necesario resaltar el pasaje que dice: “Y cuando el Señor (vio a la viuda que había perdido a su único hijo), se compadeció de ella, y le dijo: No llores. Y acercándose, tocó el féretro” Lucas 7: 13-14) ¡Esto es lo que precisamente ha hecho Dios con los pecadores! El ha tenido memoria de nosotros, se ha compadecido, se ha acercado y nos ha visitado para “tocar nuestro féretro” y darnos vida eterna. Pablo dice: “Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados” efesios 2:1
En consecuencia, entendemos que, si Dios primeramente no tiene memoria de nosotros, y no nos visita, y no se acerca a nosotros, no sería posible acercarnos a Él confiadamente. Pero para nuestra seguridad de salvación, Dios se ha acercado primero.
Ahora sí que podemos acercarnos a Él
Estar en Cristo, no es una frase cliché que alude a una expresión meramente religiosa. No significa afiliarse a una congregación evangélica ni cumplir fielmente lo que una organización nos indique. Estar en Cristo, significa gozar de una salvación segura y sin condiciones. Estar en Cristo, significa estar persuadido de que tenemos libre acceso al trono de la gracia de Dios y a su misma presencia.
Recordemos que en la antigüedad nadie podía entrar a un lugar llamado “santísimo” el cual estaba reservado solo para el oficio del sumo sacerdote, quien una vez al año cruzaba las gruesas capas del velo del tabernáculo de reunión para ofrecer la sangre del sustituto inocente que moría en lugar del pecador (hebreos 9:7).
Sin embargo, con la muerte de Cristo, aquel velo se rasgó de arriba abajo (Mateo 27:51), dejando al descubierto aquel lugar que en otro tiempo estaba velado. Con la muerte de nuestro Señor Jesucristo tenemos libre acceso a ese lugar extremadamente santo al cual jamás podríamos llegar por obras humanas; porque no es por méritos propios, sino que exclusivamente por la obra todo suficiente de Cristo Jesús. La biblia dice:
“Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo, por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne, y teniendo un gran sacerdote sobre la casa de Dios, acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura. Mantengamos firme, sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza, porque fiel es el que prometió” hebreos 10: 19-23
Este pasaje también dirigido a la comunidad hebrea no enseña que tenemos libertad para entrar en el lugar santísimo, pero aclara: “por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne”. Es decir, sin la muerte del Salvador, no hay camino nuevo ni abierto para ir a la presencia de Dios. Pero como bien sabemos, Cristo murió en la cruz para abrir el velo y dejar la libre entrada para redención. Así como el sumo sacerdote en la antigüedad traspasaba el velo, ahora con la obra de la cruz de Cristo, asoma la imagen colosal del gran Sumo Sacerdote que nos permite tener la confianza de acercarnos a Dios. Aceptar y experimentar personalmente esta enseñanza, requiere “plena certidumbre de fe”, lo que significa creer al que lo está diciendo; más allá de nuestra propia incredulidad de los vestigios del pecado que aún mora en nosotros. Por eso que la biblia agrega: “Pero sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay” hebreos 11:6
La religión y sus demandas, nos dice que es imposible acercarse a Dios con pecado; como que si hubiese algún día en que no tengamos pecado. Por lo tanto, dice la religión, es necesaria la penitencia, los sacramentos, el ascetismo y las obras de caridad para que seamos aceptados en ese lugar tan santo. La religión presenta el mismo problema de la comunidad hebrea, menospreciando la obra de Cristo. Por eso el mismo autor de la epístola dice: “Queda, pues, abrogado el mandamiento anterior a causa de su debilidad e ineficacia (pues nada perfeccionó la ley), y de la introducción de una mejor esperanza, por la cual nos acercamos a Dios” hebreos 7: 18-19
El pasaje señala que la ley fue ineficaz en cuanto a terminar con la barrera que separaba al Dios Santo con el hombre pecador, sin embargo, se habla de “la introducción de una mejor esperanza”, la cual se consuma en Cristo, y que es la única vía que nos permite acercarnos confiadamente a Dios. Toda otra opción es un mero fracaso. La religión, no importa cual, exige, demanda, pero es ineficaz en cuanto a permitir acercarnos confiadamente a Dios.
Pero Dios nos dice que “En Cristo” ya estamos aptos para acercarnos confiadamente a Él, sin dudas ni mala conciencia. Por eso que el autor, divinamente inspirado, hace uso de lo que se hacía en el culto judío. Él habla de “purificar los corazones y lavar los cuerpos con agua pura”. En la antigüedad era el hombre que cumplía el rito de la ley, pero ahora en Cristo, todo aquello y muchas otras cosas más, han sido ejecutadas y cumplidas en su obra en la cruz del Gólgota. De ahí que debemos tener “plena certidumbre de fe” para acercarnos a Él confiadamente.
Finalmente, el pasaje sella diciendo que debemos mantener sin fluctuación, es decir, vacilación o dudas, la profesión (o creencia) de nuestra esperanza, ya que no radica en nuestra consistencia o fidelidad, sino que el texto dice: “porque fiel es el que prometió”. La exitosa obra de redención no se sustenta en nuestra fidelidad, sino que en la fidelidad de Dios hacia nosotros. Pablo dice: “Si fuéremos infieles, él permanece fiel; Él no puede negarse a sí mismo” 2ª Timoteo 2: 13. La verdad es que, si la fidelidad de Dios se condicionara a la nuestra, estaríamos todos perdidos. Por eso es la necesidad de alimentar la certidumbre de nuestra fe para acercarnos a él confiadamente, porque fiel es el que prometió.
Acercándonos al trono de la gracia
No podríamos comentar esta parte, sin reflexionar en lo que significa acercarse a un trono. Aquí se nos presenta la idea de realeza y soberanía de Dios ante sus súbditos que solo podrían ser objeto, o de su justicia o de su gracia. Recordemos como ejemplo, aquella advertencia del rey Asuero en el tiempo de la reina Ester. El rey dijo que nadie podía acercarse ni transitar en el patio interior para verlo, sin que él lo llamara. Cualquiera que osara transgredir tal acercamiento, debía morir, a menos que el rey extendiera su cetro de oro como muestra de su gracia. Fue precisamente gracia la que obtuvo Ester cuando el rey Asuero le extendió el cetro de oro desde su trono (Ester 4: 11 y 5: 2)
Acercarse al trono del rey era algo muy serio. Por eso que es tan relevante que la biblia nos invite a acercarnos confiadamente al trono de la gracia, desde donde se imparte clemencia y misericordia no merecida, porque perfectamente la biblia podría hablar solo del trono de Justicia como se menciona en gran parte del antiguo testamento, y que solo proyecta a la gloria de la justicia de Dios. Pero “en Cristo” se revela una arista del trono de Dios que nunca antes había sido manifestada, y que es la gracia de Dios que favorece al que no lo merece. No en vano Juan dice: “la ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo” Juan 1: 17. Lo que no pudo hacer la Ley con Moisés, lo ha permitido la gracia de Dios por medio de Jesucristo. La ley nos mostraba solo la gloria del trono de la justicia de Dios, pero la gracia y la verdad en Cristo, nos permiten llegar y acercarnos confiadamente al trono de su gracia.
Los alcances de este acercamiento al trono de su gracia son inigualables, porque desde allí se dispensa gratuitamente todo lo necesario para nuestra eternal salvación. El amor, la gracia y la misericordia de Dios nos permite ser socorridos de su justo castigo, porque no olvidemos que la biblia dice: “Jehová, tardo para la ira y grande en misericordia, que perdona la iniquidad y la rebelión, aunque de ningún modo tendrá por inocente al culpable” números 14:18.
Así que, aprendiendo y aceptando con un corazón sincero que no podemos ser salvos fuera de Cristo, y que su sacrificio en la cruz del Gólgota no abrió de una vez y para siempre el acceso al lugar santo de los santos, acerquémonos confiadamente al trono de su gracia sin dudar nada, porque Él ya ha extendido su “cetro” hacia nosotros viles pecadores para poder hallar gracia en sus ojos. A Él sea la gloria y la alabanza. Amén.
PEL 02/2026
“Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro” hebreos 4:16
La epístola a los hebreos presenta la superioridad del Hijo de Dios ante todo lo que para los judíos era el único y exclusivo camino para su redención. Los primeros capítulos enseñan que, en el último tiempo, El Padre se revela por el Hijo, y que este es superior a los ángeles, a Moisés, a Aarón y a Josué, y que su sumo sacerdocio y obra de salvación es infinitamente perfecta, y fuera de él, no hay escapatoria. De ahí que el desconocido autor dice: “¿cómo escaparemos nosotros, si descuidamos una salvación tan grande” hebreos 2: 3, texto, que por lo demás, ha sido muy mal utilizado por aquellos que insisten en decir que la salvación se podría perder si alguien la descuida.
El texto y contexto, no indica ineficacia o condicionalidad de la salvación lograda exclusivamente por Cristo, sino que el pasaje señala que no hay escapatoria si menospreciamos o subestimamos (o descuidamos) la salvación en Cristo. En otras palabras, quien no descansa su redención en Cristo, no tiene salida posible de la condenación.
El conflicto de la comunidad hebrea a quienes esta dirigida la epístola, era que algunos (o quizás muchos) de aquellos miembros seguían insistiendo que la redención no podía ser eficaz solo en la obra de Cristo en la cruz, sino que se debía mantener el rito y el culto judío; observando la ley y a Moisés, y todas sus demandas para lograr la salvación mediante esfuerzos, méritos, sacramentos y obras humanas. Ellos no aceptaban descansar en la obra todo suficiente del potente Salvador llamado Jesucristo. Ese era el problema raíz.
Por tal razón, el velo de la ley y sus demandas que condicionaban su relación con el Dios Santo les impedía llegar a él confiadamente, porque para ellos, la mácula del pecado no podía ser expiada sino a través del continuo sacrificio del culto judío. Ellos no podían entender como El Dios santo e implacable que se revela en el antiguo testamento, podía aceptar a un miserable pecador sin sacrificios de animales y sin la obra de un sumo sacerdote que una vez al año intercedía por el pueblo. Era inverosímil sostener una salvación sin Moisés como mediador, sin el rito de la ley, las ofrendas o la observancia de las fiestas solemnes. Hacia esa comunidad se dirige esta epístola.
Pero en Cristo, la ley muestra su ineficacia para salvar, tal como lo dice Pablo: “Porque lo que era imposible para la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne” romanos 8:3. La obra de Cristo es todo suficiente para salvar al mas vil pecador. Y esa obra, nos debe dar la confianza para acercarnos sin temor a él y al trono de su gracia.
La religión y el temor
La biblia revela al menos dos clases que describen la palabra “temor”. Aquel que habla de miedo, terror o pavor, y el que muestra el concepto de temor reverente. Por ejemplo, cuando Dios le dice a Abram: “No temas” en génesis 15:1, allí evidentemente se muestra que Abram estaba lleno de miedo y de incertidumbre, entonces Dios le anima y le confirma incondicionalmente su promesa. Pero cuando nos encontramos con este otro texto que dice: “El principio de la sabiduría es el temor de Jehová” en proverbios 1:7, allí se habla de temor reverente hacia el Dios todopoderoso, y de ninguna manera de pavor, miedo o pánico. Es decir, existe una gran diferencia entre las definiciones de la misma palabra “temor”.
Sin embargo, todas las religiones, incluyendo al judaísmo, católicos y a algunos evangélicos protestantes, siguen en la sombra del miedo ante un Dios lejano, tirano y severo que solo se enternece a cambio de obras, mandas o autoflagelaciones. Es la esencia del paganismo que exige el “pago” para ser salvos. Es la antigua santidad acética y simonía que los feligreses que pretenden conmover a sus dioses. De este modo, la redención no reposa en un redentor, sino que en los esfuerzos humanos y el cumplimiento irrestricto de obras para lograr la salvación, sin ninguna seguridad ni certeza.
El temor que enseña la religión manipula las conciencias de las feligresías y las deja indefensas ante los caprichos de aquellos líderes abusadores que subyugan, exigen y castigan. El temor es el método eficaz para la manipulación de las masas. Sin embargo, no es menos cierto que un individuo que no esta en Cristo, y que no ha sido redimido de sus pecados por gracia por medio de la fe, el tal esta expuesto a la ira de Dios y al castigo eterno en las llamas del infierno. Esa es la verdad y una realidad indiscutible. Ahora mismo, si alguien muere sin Cristo, el tal esta en el infierno esperando el juicio final.
El problema es para quienes dicen que son cristianos, y que cuyos pecados les han sido perdonados, no obstante, siguen viviendo a la sombra del temor y la desconfianza en la obra de Cristo en la cruz. Estar en Cristo, no solo significa perdón de pecados, sino que además justificación, es decir, declarados justos o inocentes de una vez y para siempre. Esa realidad disipa el temor. Pablo dice:
“Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo” romanos 5:1
No hay algo mas maravilloso para una persona que estar en paz para con Dios. En otras palabras, disfrutar del sosiego y la tranquilidad de estar a cuenta con aquel Dios implacable del antiguo testamento, es lo mas grande que a los creyentes nos ha sucedido. Y todo esto, gracias a la obra de Cristo. El amor de Dios extendido en Cristo a viles pecadores disipa el temor. Como dijo Juan, Dios es amor, y el perfecto amor echa fuera el temor (1ª Juan 4: 7-19)
Dios se ha acercado primero
No debemos olvidar que el carácter Santo de Dios manifestado en su implacable ley, no alejaba de Él, y no era posible acercarse por lo extremos de su santidad. Recordemos cuando El Señor le dijo a Moisés: “No te acerques; quita tu calzado de tus pies, porque el lugar en que tú estás, tierra santa es” éxodo 3:5. La relación de Dios e Israel estaba muy limitada. No olvidemos que ese pacto era condicional y se sostenía en la ley. El pueblo no podía acercarse más allá de lo que se le permitía. El Señor advertía a Moisés a respetar los necesarios linderos que no se podían transgredir. La biblia dice: “Y señalarás término al pueblo en derredor, diciendo: Guardaos, no subáis al monte, ni toquéis sus límites; cualquiera que tocare el monte, de seguro morirá… ordena al pueblo que no traspase los límites para ver a Jehová, porque caerá multitud de ellos” éxodo 19: 12 y 21. “Pero Moisés solo se acercará a Jehová; y ellos no se acerquen, ni suba el pueblo con él” éxodo 24:1-2
Vemos en el antiguo testamento que no existía posibilidad alguna de acercarse confiadamente a un Dios implacable y santo. Por tal razón, la escritura señala que ante la manifestación de la gloria de Dios para con el pueblo, existía mucho terror al ver y escuchar en esa escena entre una nube espesa, los truenos y los relámpagos, que los estremecía y los apartaba lejos. La verdad es que, si Dios no se acerca primero al hombre, no existía posibilidad alguna de que nosotros nos acerquemos a Él confiadamente.
Pero la biblia enseña que siempre la acción proviene de Dios hacia el hombre y nunca al revés. Dios fue quien buscó al hombre caído en pecado (génesis 3: 9), y que nosotros le amamos a él, porque Él nos amó primero (1ª Juan 4:19). El propio Señor dijo que el “reino de los cielos se ha acercado” (Mateo 4:17). Sin el acercamiento de Dios hacia nosotros como iniciativa, nosotros no podríamos acercarnos confiadamente a Él.
David decía: “¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, Y el hijo del hombre, ¿para que lo visites?” Salmos 8: 4. En este pasaje observamos la palabra “visitar”, que denota la idea de acercarse al débil pecador. El texto inicia con una declaración que pone al hombre en su lugar. ¿Quiénes somos para que Dios tenga memoria de nosotros? Es interesante meditar en lo que significa la memoria de Dios. Él se acordó de nosotros, sin embargo, se olvidó por completo nuestros pecados. La biblia dice:
“Y nunca más me acordaré de sus pecados y de sus iniquidades” hebreos 8: 12
Por un lado, vemos a un Dios severo e implacable que no olvida el pecado, pero, por otro lado, vemos a un Dios amoroso y lleno de gracia que tiene memoria de nosotros para olvidar todos nuestros pecados y transgresiones. Es notable observar cuando el ladrón de la cruz le dijo al Señor: “Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino” Lucas 23:42, e inmediatamente Cristo le responde con plena seguridad y certeza: “De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso” Lucas 23: 43. Dios “tiene memoria y se acuerda” para salvación, aun del ladrón de la cruz que minutos antes le injuriaba (Mateo 27:44). Pero ¿Qué hace cambiar el carácter de Dios; ¿de una arista tan implacable y furibunda, a un lado profundamente clemente, lleno de gracia y de misericordia? La respuesta radica en la persona del Hijo de Dios llamado Jesucristo, porque sin Él, no hay ninguna posibilidad de redención. Por eso nos preguntamos: ¿Quiénes somos para que Él haya tenido memoria de nosotros?, y aún más, ¿Quiénes somos para que él nos visite?
La biblia utiliza varias veces la palabra “visitar” como muestra de la benevolencia de Dios para con el hombre pecador que no puede salvarse a sí mismo. Por ejemplo, vemos que Dios visitó a Sara para cumplir su promesa de simiente de redención (génesis 21:1). Visitó a su pueblo para alimentarles (Rut 1:6). David decía: “Acuérdate de mí, oh, Jehová, según tu benevolencia para con tu pueblo; Visítame con tu salvación” (Salmos 106:4). Zacarías, el padre de Juan el bautista dijo: “Bendito el Señor Dios de Israel, Que ha visitado y redimido a su pueblo” (Lucas 1:68). También quienes vieron la resurrección del hijo de la viuda de Naín glorificaron a Dios diciendo: “Un gran profeta se ha levantado entre nosotros; y: Dios ha visitado a su pueblo” Lucas 7: 16. En este texto además es necesario resaltar el pasaje que dice: “Y cuando el Señor (vio a la viuda que había perdido a su único hijo), se compadeció de ella, y le dijo: No llores. Y acercándose, tocó el féretro” Lucas 7: 13-14) ¡Esto es lo que precisamente ha hecho Dios con los pecadores! El ha tenido memoria de nosotros, se ha compadecido, se ha acercado y nos ha visitado para “tocar nuestro féretro” y darnos vida eterna. Pablo dice: “Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados” efesios 2:1
En consecuencia, entendemos que, si Dios primeramente no tiene memoria de nosotros, y no nos visita, y no se acerca a nosotros, no sería posible acercarnos a Él confiadamente. Pero para nuestra seguridad de salvación, Dios se ha acercado primero.
Ahora sí que podemos acercarnos a Él
Estar en Cristo, no es una frase cliché que alude a una expresión meramente religiosa. No significa afiliarse a una congregación evangélica ni cumplir fielmente lo que una organización nos indique. Estar en Cristo, significa gozar de una salvación segura y sin condiciones. Estar en Cristo, significa estar persuadido de que tenemos libre acceso al trono de la gracia de Dios y a su misma presencia.
Recordemos que en la antigüedad nadie podía entrar a un lugar llamado “santísimo” el cual estaba reservado solo para el oficio del sumo sacerdote, quien una vez al año cruzaba las gruesas capas del velo del tabernáculo de reunión para ofrecer la sangre del sustituto inocente que moría en lugar del pecador (hebreos 9:7).
Sin embargo, con la muerte de Cristo, aquel velo se rasgó de arriba abajo (Mateo 27:51), dejando al descubierto aquel lugar que en otro tiempo estaba velado. Con la muerte de nuestro Señor Jesucristo tenemos libre acceso a ese lugar extremadamente santo al cual jamás podríamos llegar por obras humanas; porque no es por méritos propios, sino que exclusivamente por la obra todo suficiente de Cristo Jesús. La biblia dice:
“Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo, por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne, y teniendo un gran sacerdote sobre la casa de Dios, acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura. Mantengamos firme, sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza, porque fiel es el que prometió” hebreos 10: 19-23
Este pasaje también dirigido a la comunidad hebrea no enseña que tenemos libertad para entrar en el lugar santísimo, pero aclara: “por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne”. Es decir, sin la muerte del Salvador, no hay camino nuevo ni abierto para ir a la presencia de Dios. Pero como bien sabemos que Cristo murió en la cruz para abrir el velo y dejar la libre entrada para redención. Así como el sumo sacerdote en la antigüedad traspasaba el velo, ahora con la obra de la cruz de Cristo, asoma la imagen colosal del gran Sumo Sacerdote que nos permite tener la confianza de acercarnos a Dios con confianza. Aceptar y experimentar personalmente esta enseñanza, requiere “plena certidumbre de fe”, lo que significa creer al que lo que está diciendo; mas allá de nuestra propia incredulidad de los vestigios del pecado que aún mora en nosotros. Por eso que la biblia agrega: “Pero sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay” hebreos 11:6
La religión y sus demandas, nos dice que es imposible acercarse a Dios con pecado; como que si hubiese algún día en que no tengamos pecado. Por lo tanto, dice la religión, es necesaria la penitencia, los sacramentos, el ascetismo y las obras de caridad para que seamos aceptados en ese lugar tan santo. La religión presenta el mismo problema de la comunidad hebrea, menospreciando la obra de Cristo. Por eso el mismo autor de la epístola dice: “Queda, pues, abrogado el mandamiento anterior a causa de su debilidad e ineficacia (pues nada perfeccionó la ley), y de la introducción de una mejor esperanza, por la cual nos acercamos a Dios” hebreos 7: 18-19
El pasaje señala que la ley fue ineficaz en cuanto a terminar con la barrera que separaba al Dios Santo con el hombre pecador, sin embargo, se habla de “la introducción de una mejor esperanza”, la cual se consuma en Cristo, y que es la única vía que nos permite acercarnos confiadamente a Dios. Toda otra opción es un mero fracaso. La religión, no importa cual, exige, demanda, pero es ineficaz en cuanto a permitir acercarnos confiadamente a Dios.
Pero Dios nos dice que “En Cristo” ya estamos aptos para acercarnos confiadamente a Él, sin dudas ni mala conciencia. Por eso que el autor, divinamente inspirado, hace uso de lo que se hacía en el culto judío. Él habla de “purificar los corazones y lavar los cuerpos con agua pura”. En la antigüedad era el hombre que cumplía el rito de la ley, pero ahora en Cristo, todo aquello y muchas otras cosas más, han sido ejecutadas y cumplidas en su obra en la cruz del Gólgota. De ahí que debemos tener “plena certidumbre de fe” para acercarnos a Él confiadamente.
Finalmente, el pasaje sella diciendo que debemos mantener sin fluctuación, es decir, vacilación o dudas, la profesión (o creencia) de nuestra esperanza, ya que no radica en nuestra consistencia o fidelidad, sino que el texto dice: “porque fiel es el que prometió”. La exitosa obra de redención no se sustenta en nuestra fidelidad, sino que en la fidelidad de Dios hacia nosotros. Pablo dice: “Si fuéremos infieles, él permanece fiel; Él no puede negarse a sí mismo” 2ª Timoteo 2: 13. La verdad es que, si la fidelidad de Dios se condicionara a la nuestra, estaríamos todos perdidos. Por eso es la necesidad de alimentar la certidumbre de nuestra fe para acercarnos a él confiadamente, porque fiel es él es el que prometió.
Acercándonos al trono de la gracia
No podríamos comentar esta parte, sin reflexionar en lo que significa acercarse a un trono. Aquí se nos presenta idea de realeza y soberanía de Dios ante su súbditos que solo podrían ser objeto, o de su justicia o de su gracia. Recordemos como ejemplo, aquella advertencia del rey Asuero en el tiempo de la reina Ester. El rey dijo que nadie podía acercarse ni transitar en el patio interior para verlo, sin que él lo llamara. Cualquiera que osara transgredir tal acercamiento, debía morir, a menos que el rey extendiera su cetro de oro como muestra de su gracia. Fue precisamente gracia la que obtuvo Ester cuando el rey Asuero le extendió el cetro de oro desde su trono.
Acercarse al trono del rey era algo muy serio. Por eso que es tan relevante que la biblia nos invite a acercarnos confiadamente al trono de la gracia, desde donde se imparte clemencia y misericordia no merecida, porque perfectamente la biblia podría hablar solo del trono de Justicia como se menciona en gran parte del antiguo testamento, y que solo proyecta a la gloria de la justicia de Dios. Pero “en Cristo” se revela una arista del trono de Dios que nunca antes había sido manifestada, y que es la gracia de Dios que favorece al que no lo merece. No en vano Juan dice: “la ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo” Juan 1: 17. Lo que no pudo hacer la Ley con Moisés, lo ha permitido la gracia de Dios por medio de Jesucristo. La ley nos mostraba solo la gloria del trono de la justicia de Dios, pero la gracia y la verdad en Cristo, nos permiten llegar y acercarnos confiadamente al trono de su gracia.
Los alcances de este acercamiento al trono de su gracia son inigualables, porque desde allí se dispensa gratuitamente todo lo necesario para nuestra eternal salvación. El amor, la gracia y la misericordia de Dios nos permite ser socorridos de su justo castigo, porque no olvidemos que la biblia dice: “Jehová, tardo para la ira y grande en misericordia, que perdona la iniquidad y la rebelión, aunque de ningún modo tendrá por inocente al culpable” números 14:18.
Así que, aprendiendo y aceptando con un corazón sincero que no podemos ser salvos fuera de Cristo, y que su sacrificio en la cruz del Gólgota no abrió de una vez y para siempre el acceso al lugar santo de los santos, acerquémonos confiadamente al trono de su gracia sin dudar nada, porque Él ya ha extendido su “cetro” hacia nosotros viles pecadores para poder hallar gracia en sus ojos. A Él sea la gloria y la alabanza. Amén.
PEL 02/2026
