
EL PECADO CON MANO ALZADA
“Porque si pecáremos voluntariamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda más sacrificio por los pecados…” 10: 26
Muchas veces hemos oído que se utiliza este texto para advertir que “cualquiera que peca voluntaria o deliberadamente” pierde su salvación. Está claro que, si leemos el texto sin ninguna regla exegética, desvinculándolo de todo el contexto de la epístola a los hebreos, entraremos en un verdadero dilema, porque es sabido que los creyentes, aunque no amamos el pecado, no obstante, seguimos pecando. El apóstol Juan dice:
“Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad. Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a él mentiroso, y su palabra no está en nosotros” 1ª Juan 1: 9-10.
La biblia enseña que los creyentes siguen morando en un cuerpo o naturaleza caída, por lo tanto, el ejercicio de la confesión de nuestros pecados a Dios, debe ser una constante, de lo contrario, si decimos que no somos pecadores, solo evidenciamos que somos unos mentirosos, y más grave aún, hacemos a Dios mentiroso, y la verdad no está en nosotros.
Algunos dicen que el pasaje de hebreos 10:26, enseña que allí se habla solo de pecado “voluntario o deliberado”, es decir, que no aplicaría a pecados cometidos de modo inocente o involuntariamente. En otras palabras, el individuo pecaría sin saber que lo que ha hecho era pecado. Por lo tanto, según ellos, si un creyente peca a sabiendas de que lo que ha hecho o está haciendo, es pecado, entonces el tal perdería su salvación porque el texto es severamente determinante, pues dice: “…ya no queda más sacrificio por los pecados”. ¿Será esa la enseñanza correcta?
El problema con aquella interpretación, primero, es que la biblia enseña que todo pecado involucra la voluntad del individuo. La biblia dice: “cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido” Santiago 1: 14. La naturaleza caída que aún portan los creyentes, lleva consigo la concupiscencia que les inclina hacia el mal, y muchas veces, a transgredir la santa voluntad de Dios. Nadie podría decir que pecó involuntariamente, cuando todo creyente tiene el deber de conocer que es o no, pecar contra Dios. Santiago dice: “de su propia concupiscencia”, es decir, cada pecador debe hacerse cargo de su propio pecado y reconocer las falencias y debilidades de su propia naturaleza. Me imagino un conductor diciéndole al policía que no puede cursarle una infracción, porque no conocía tal o cual artículo de la ley de tránsito que había transgredido. Todo creyente debe conocer la ley de Dios, y saber muy bien cuando la está transgrediendo.
Alguien dirá: con ese argumento, sí que hay sacrificios eficaces para pecados por ignorancia e involuntarios, pero no habría sacrificios válidos para pecados voluntarios o deliberados. La verdad es que cada creyente en una íntima relación con su Señor sabe muy bien que a veces se peca sabiendo que tal acción u omisión (de lo que hablaremos mas adelante) es pecado, sin embargo, el creyente peca. El resto es negar la verdad. Pablo decía:
“Porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago. Y si lo que no quiero, esto hago, apruebo que la ley es buena” romanos 7: 15-16.
¿Cómo podríamos entender este pasaje, si no reconocemos primeramente que muchas veces pecamos voluntaria y deliberadamente? El conflicto que presenta Pablo es precisamente que, entendiendo que la ley le enseña lo que es pecado, no obstante, ve en su propia naturaleza y voluntad, la inclinación inherente al pecado. Pablo dice: “lo que aborrezco, eso hago”, lo que ratifica que su voluntad está relacionada con su actos u omisiones pecaminosas, aún odiando el pecado. Él no habla de pecado de ignorancia o inocencia, porque entonces ¿Cómo aborrecería algo que no sabe que es pecado? Por lo tanto, el no reconocer que muchas pecamos a sabiendas, es negar la enseñanza bíblica.
En segundo lugar, asoma el conflicto al preguntarnos: ¿Qué pecados son los que recibirían (supuestamente) tal castigo de ser apartado de Dios y perder la salvación? Acaso ¿hay una categoría de pecados, ante los cuales, Dios miraría con tolerancia a algunos, y de modo implacables e inapelables a otros? Para nadie es un misterio que en las iglesias solo se habla de dos pecados relacionados con fornicación y adulterio, pero nada se habla de avaricia, idolatría, ira, contiendas o murmuraciones; pecados tan nauseabundos como todos. Dios no hace categorización de los pecados. Su carácter es santo e implacable.
Bien sabemos que el catolicismo romano ha dividido la categoría de pecados en “pecados veniales” que serían faltas leves, y “pecados mortales” que serían faltas graves. Pero la biblia dice que todo pecado es infracción de la ley de Dios (1ª Juan 3:4), y ante el carácter justo e implacable de Dios, no existen pecados graves o menos graves. Transgredir su ley es pecar contra Dios; tanto una “mentirilla “como una mentira, es pecado contra Dios. En consecuencia, si alguien roba deliberadamente o solo piensa deliberadamente en robar, pero no comete tal pecado, el tal ya es un pecador sin apelación. No olvidemos que los cristianos no son pecadores cuando pecan, sino que pecan porque son pecadores.
En tercer lugar, está la aclaración de lo que significa el acto de pecar. Con el tiempo el significado del término pecado ha ido cambiando, porque hoy solo se concibe el acto de “comisión” de pecado, es decir, lo que se hace no debiendo hacerlo. Pero la raíz de la palabra pecado deriva de la acción de “errar al blanco” (del griego hamartía), es decir, no atinar al punto o blanco hacia donde la flecha debía llegar. En otras palabras, el origen de la palabra pecar es no hacer lo que debemos hacer, significado también conocido como “omisión”. No olvidemos que el pecado de Adán fue omitir, es decir, no hizo lo que debía hacer como líder espiritual de su esposa Eva, quien a su vez, no hizo lo que debía hacer como una esposa ayuda idónea. La ruina de la larga historia del pecado de la humanidad, no se inicia en la comisión de pecado, sino que en la omisión. Eso es de vital importancia tenerlo claro toda vez que hablamos del pecado.
Por lo tanto, perfectamente podríamos decir que hebreos 10:26 exige perfección tanto en omisión como en comisión de pecado. Es decir, si un creyente peca en omisión o comisión involucra su voluntad en la facultad de su libre albedrío, y ante el hecho de obedecer o desobedecer, estaría en juego su salvación. ¿Es esto cierto? ¡Por supuesto que no!
Si hilamos fino y en honestidad, el pasaje de hebreos 10:26 nos estaría condenando a todos, porque todos pecamos voluntariamente en algún momento. Con esto, no estoy hablando de una especia de “licencia para pecar”, sino de la realidad que la biblia enseña con mucha claridad: aún somos pecadores; y aunque odiamos el pecado y anhelamos la glorificación para nunca más pecar ni tener relación alguna con el pecado, no obstante, seguimos pecando. Pablo decía: “Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago. Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí. ¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte? Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro. Así que, yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios, más con la carne a la ley del pecado” romanos 7: 18-20 y 24-25
Entendiendo la epístola a los hebreos
Para entender correctamente el pasaje de hebreos 10:26, es necesario conocer el contenido y tenor de toda la carta. La epístola a los hebreos presenta la superioridad del Hijo de Dios ante todo lo que para los judíos, era el único y exclusivo camino para su redención. Los primeros capítulos enseñan que, en el último tiempo, El Padre se revela por el Hijo, y que éste, es superior a los ángeles, a Moisés, a Aarón y a Josué, y que su sumo sacerdocio y el alcance de su sacrificio es infinitamente perfecto y no se compara con los antiguos sacrificios y ofrendas del antiguo testamento. En conclusión, fuera de él, no hay escapatoria. De ahí que el desconocido autor dice: “¿cómo escaparemos nosotros, si descuidamos una salvación tan grande?” hebreos 2: 3, texto, que por lo demás, también ha sido muy mal utilizado por aquellos que insisten en decir que la salvación se podría perder si alguien la descuida.
El texto y contexto, no indica ineficacia o condicionalidad de la salvación lograda exclusivamente por Cristo, sino que el pasaje señala que no hay escapatoria si menospreciamos o subestimamos (o descuidamos) la salvación en Cristo. En otras palabras, quien no descansa su redención en Cristo, no tiene salida posible de la condenación.
El conflicto de la comunidad hebrea a quienes está dirigida la epístola era que algunos (o quizás muchos) de aquellos miembros seguían insistiendo que la redención no podía ser eficaz solo en la obra de Cristo en la cruz, sino que se debía mantener el rito y el culto judío; observando la ley y a Moisés, y todas sus demandas para lograr la salvación mediante esfuerzos, méritos, sacramentos y obras humanas. Ellos no aceptaban descansar en la obra todo suficiente del potente Salvador llamado Jesucristo. Ese era el problema raíz.
Ahora, desde hebreos capítulo 1 versículo 1 al capítulo 10 verso 26 que estamos analizando, es un “hilo conductor” que no se puede cortar, y que nos obliga a respetar el mismo contexto, en donde se enseña directamente que Cristo es el único camino a la salvación. Cada capítulo comienza con un conector que nos obliga a considerar el capítulo anterior, y que nos refuerza la enseñanza de la competencia y todo suficiencia de Cristo Jesús.
Por lo tanto, cuando llegamos al capítulo 10 versículo 26, que comienza con un “porque”, no podemos aislar de ningún modo los textos anteriores, e introducir irresponsablemente (por más que nos veamos tentados para defender una doctrina personal y no bíblica) una exhortación a “no pecar” en un sentido moral o de yerro del individuo, porque de eso No está hablando el autor dirigido por el Espíritu Santo. El conector “porque”, que es como comienza el versículo 26, es una razón potente que nos conecta el argumento anterior, en donde nos encontramos por ejemplo con el siguiente pasaje:
“En esa voluntad somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre. Y ciertamente todo sacerdote está día tras día ministrando y ofreciendo muchas veces los mismos sacrificios, que nunca pueden quitar los pecados; pero Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios” hebreos 10: 10-12
El argumento anterior a hebreos 10:26, está hablando de la superioridad de Cristo en los alcances de su Sacrificio en la cruz, en comparación con los sacrificios del culto judío. Ese es el hilo conductor que no se debe cortar.
Hebreos 10:26 no está exhortando a no pecar en relación a la debilidad moral del creyente o a la necesidad de vivir vidas santas como en otros pasajes bíblicos se enseña, sino que está presentando algo más transcendental y de repercusiones eternas, es decir, la advertencia a no rechazar la obra del Hijo de Dios de manera voluntaria y deliberada como lo estaban haciendo algunos destinatarios de la carta. La biblia, sí enseña a huir del pecado, por supuesto. Por ejemplo, las epístolas de Pablo, Pedro o Juan presentan abundantes exhortaciones a vivir vidas piadosas y en obediencia, pero en el caso del pasaje de hebreos 10:26, no se está hablando de un tropiezo, debilidad o flaqueza de un creyente que eventualmente podría ser vencido por su propio pecado, sino que está hablando directamente de la rebelión de una criatura que resiste la verdad y que desprecia la obra de Cristo como única manera de redención. Ese es el punto.
El pasaje de hebreos 10:26, en su contexto directo y de toda la epístola, y de toda la escritura, incorporando además la debida correlación, descubre que allí se está advirtiendo acerca de un pecado imperdonable que es la incredulidad y el soberbio desprecio a la obra todo suficiente de Cristo. Es el acto de apostasía de aquellos que intelectualmente “fueron iluminados y gustaron del don celestial, y fueron hechos partícipes del Espíritu Santo, y asimismo gustaron de la buena palabra de Dios y los poderes del siglo venidero” como lo dice hebreos 6: 4-5; pero apostataron, es decir, terminaron negando la eficacia y los alcances de la obra de Cristo en la cruz. Es la misma idea que le dice Pablo a los gálatas:
“Mas si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema. Como antes hemos dicho, también ahora lo repito: Si alguno os predica diferente evangelio del que habéis recibido, sea anatema” gálatas 1: 8-9
Pablo califica de “anatema” (es decir: maldito) a cualquiera que niega el verdadero evangelio. En otras palabras, podríamos decir que después de haber leído y aprendido en todos los capítulos precedentes a hebreos 10:26; de que no hay salvación fuera del sacrificio de nuestro Señor Jesucristo en el altar de la cruz del Gólgota como único evangelio, pero persistimos voluntaria y deliberadamente en pecar, diciendo que tal enseñanza no es tal, y que es necesaria la ley, sus exigencias, sus cumplimientos y sus sacrificios de animales, etc., entonces, ante esa muestra de rebeldía y de soberbia en contra del Dios santo, “ya no queda más sacrificio por los pecados, sino una horrenda expectación de juicio, y de hervor de fuego que ha de devorar a los adversarios” hebreos 10:26-27. Es aquí donde se deja ver el pecado con “mano alzada o empuñada” ante el Creador. Esa actitud soberbia y temeraria, no tiene perdón. Recordemos que Dios da más gracia al humilde, pero resiste al soberbio (Santiago 4: 6; Salmos 138: 6 y 147:6). De eso tan serio y solemne, está advirtiendo severamente el autor a los hebreos.
El pecado con “mano alzada”
No debemos omitir que la epístola a los hebreos fue dirigidas a judío que entendían muy bien todo el leguaje del culto de la ley. Ellos sabían que había dos modos de pecar, y las concepciones o miradas que Dios le otorgaba al pecador. La ley enseña que había sacrificios y ofrendas para expiar y redimir a cualquier pecador, pero solo para un tipo de pecado, no había sacrificio que lo pudiera rescatar. El pecador transgredía la ley por “Yerro”, es decir, por error, ignorancia o flaquezas del individuo, o pecar con “mano alzada”, es decir, con soberbia.
En primer lugar, vemos que en el hebreo aparece el pecado de yerro. Este habla de las flaquezas morales propias del individuo, pero el culto judío sí ofrecía sacrificios eficaces para expiar dicho pecado. La biblia dice:
“Y cuando errareis, y no hiciereis todos estos mandamientos que Jehová ha dicho a Moisés, todas las cosas que Jehová os ha mandado por medio de Moisés, desde el día que Jehová lo mandó, y en adelante por vuestras edades, si el pecado fue hecho por yerro con ignorancia de la congregación, toda la congregación ofrecerá un novillo por holocausto en olor grato a Jehová, con su ofrenda y su libación conforme a la ley, y un macho cabrío en expiación. Y el sacerdote hará expiación por toda la congregación de los hijos de Israel; y les será perdonado, porque yerro es” Número 15: 22-25
El pecado por “Yerro” (del hebreo Shegagá) alude al error del pueblo debido a su debilidad moral, ignorancia o tropiezo propio de la naturaleza caída. Ese pecado tenía provisión de perdón mediante el sacrificio y el ejercicio sacerdotal. La restitución de la comunión con el Dios implacablemente santo sí tenía solución en este caso, y en se tiempo, mediante el sacrificio de un animal y ofrendas establecidas.
Pero, en segundo lugar, estaba el pecado con “mano alzada” (del hebreo b´yad ramá) que indica abiertamente la rebelión en contra de Dios y el menosprecio al culto y a la única manera de ser redimido en ese tiempo, que era mediante los sacrificios, ofrendas y el ejercicio sacerdotal. Era directa, voluntaria y deliberadamente desafiar a Dios. La biblia dice:
“Mas la persona que hiciere algo con soberbia, así el natural como el extranjero, ultraja a Jehová; esa persona será cortada de en medio de su pueblo. Por cuanto tuvo en poco la palabra de Jehová, y menospreció su mandamiento, enteramente será cortada esa persona; su iniquidad caerá sobre ella” Número 15: 30-31
La palabra “soberbia” deriva del hebreo b´yad ramá que literalmente significa “mano alzada”, es decir, empuñar la mano en contra de Dios. No es lo mismo oír al humillado y contrito publicano que decía: “sé propicio a mi pecador” (Lucas 18: 13), a ver la soberbia de los fariseos que alzaban su mano empuñada en contra de Cristo. La versión de la biblia Reina Valera de 1909 traduce el texto usando la expresión: “Mas la persona que hiciere algo con altiva mano”. Esto significa que alguien se rebelaba directa, voluntaria y deliberadamente en contra de Dios y su culto. Eso era muy serio, porque para ese pecado, no había perdón ni sacrificio que lo cubriera.
La consecuencia del pecado con “mano alzada” era ser cortado del pueblo sin apelación. El termino hebreo usado es “karath” que significa literalmente “cortar, raer, talar o arrancar”. Aquel que pecaba de ese modo, no tenía apelación ni era objeto de la gracia de Dios, sino que aquel temerario se enfrentaba con la colosal justicia de Dios, ante la cual ningún hombre puede salir indemne. Dios da gracia al humilde, pero resiste al soberbio. Todo aquel que pecaba con la “mano alzada” en contra de Dios, era cortado del pueblo sin posibilidad de rescate. Recordemos que Cristo hizo referencia a que: “si tu mano derecha te es ocasión de caer, córtala, y échala de ti; pues mejor te es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno” Mateo 5: 30. En un sentido corporativo, el pueblo de Israel tenía como mandato cortar a todo aquel que se levantaba en “soberbia” con su mano empuñada en contra de Dios. La ley era inapelable.
El pecado con “mano alzada” cuya palabra usada en la versión Reina Valera 1960 es “soberbia”, nos permite entender además algunos pasajes un tanto complejos. Por ejemplo, Juan dice:
“Si alguno viere a su hermano cometer pecado que no sea de muerte, pedirá, y Dios le dará vida; esto es para los que cometen pecado que no sea de muerte. Hay pecado de muerte, por el cual yo no digo que se pida” 1ª Juan 5: 16
Este texto ha sido interpretado de varios modos; desde que la salvación se podría perder, o que se refiere a pecados veniales y mortales, o al “pecado imperdonable” que menciona Cristo en relación a la blasfemia contra el Espíritu Santo de Mateo 12: 31. Pero aplicando la debida correlación como cuarta norma de hermenéutica, y llevando este texto a toda la enseñanza bíblica, entonces todo se aclara cuando observamos que Dios siempre extiende su misericordia y da gracia al humilde, pero ante la soberbia y altivez del pecador, Él mira de lejos y lo resiste. En consecuencia, podemos “pelarnos las rodillas” orando por alguien soberbio, pero Dios no oirá esas oraciones. La biblia dice:
“Tú, pues, no ores por este pueblo, ni levantes por ellos clamor ni oración, ni me ruegues; porque no te oiré” Jeremías 7:16
Por lo tanto, considerando el modo de pecar a “mano alzada”, entendemos que “el pecado de muerte” al que se refiere Juan, es el mismo. Es la antigua incredulidad y soberbia que lleva al pecador a empuñar su mano en contra de su Creador. En sentido contrario, No vemos en ninguna parte de la biblia que Dios condene al más miserable pecador que pide perdón y clemencia humildemente. El Señor le dice a la adúltera: “ni yo te condeno” (Juan 8: 11). De ahí que ahora entendemos con mayor nitidez lo que decía David: “Al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh, Dios” Salmos 51: 17
En conclusión, el texto de hebreos 10:26 está advirtiendo sobre el pecado de apostasía y de altivez de corazón de todos aquellos que, a pesar de llamarse cristianos, siguen insistiendo, con soberbia, con mano alzada y empuñada, que no se puede ser salvo solo por gracia por medio de la fe en el sacrificio todo suficiente de la cruz de Cristo, sino que son necesarias las obras y los méritos humanos; en ese caso, “ya no queda más sacrificio por los pecados”.
Amados hermanos, le damos gracias al Señor porque un día nos abrió el corazón para salvación, y fuimos convencidos de pecado, y su santo evangelio nos humilló a tal punto de reconocer que sin Cristo y lejos de Él, nada podemos hacer. Nos persuadió de que el único camino para llegar a la vida eterna y gozar de redención era solo nuestro Señor Jesucristo. A Él sea la gloria y la alabanza. Amén.
PEL 02/2026
